Alex Anwandter nunca vio el pop como simple evasión. Para él, la música de baile es territorio de combate emocional y político, un espacio donde conviven la emoción cruda, el deseo y la celebración colectiva. A veinte años de sus primeras canciones, el artista chileno sigue pensando el ritmo como herramienta para capturar el pulso de su época, lejos de fórmulas seguras o complacencias fáciles.
El próximo 18 de septiembre desembarca en el Teatro Gran Rex para marcar este hito de carrera con un show especial diseñado para Buenos Aires, ciudad donde prácticamente vive ya. "Sigo medio enamorado de la ciudad", confiesa entre risas. Pero esto no es una retrospectiva solemne al estilo nostalgia barata. Anwandter lo entiende como una celebración compartida: "Es como el equivalente psicoemocional de festejar el cumpleaños con amigos. Vengan para acá y celebremos que existo juntos".
El paso de dos décadas dejó huellas, pero no de arrepentimiento. "No siento nostalgia para nada", dice tajante. Lo que cambió fue su relación interna con el oficio. "Soy como una versión más piola de mí. Me estresaba más cuando era chico", admite. Hoy ve su trabajo con más benignidad: "A veces me sorprende que sea decir '¿Quieres escuchar una canción?'. Es una cosa muy buena onda".
Volver sobre sus primeros proyectos—Teleradio Donoso, los discos Gran Santiago (2007) y Bailar y llorar (2008)—lo encuentra con sorpresa genuina. "Qué cosa tan freak. Un pendejo haciendo cosas rarísimas", bromea al rescatar esos trabajos. Lo que le interesa hoy no es juzgarlos, sino rescatar el impulso idiosincrático que los originó: "Encuentro sinceros esos discos. Y eso me deja tranquilo. Que siempre fuera un esfuerzo por ser yo, no por ser alguien más".
A los 22, 23 años intentaba construir una especie de Motown chileno rarísimo. Dos décadas después, Anwandter sigue buscando transformarse, bailando entre el deseo y la catarsis, sin mirar demasiado hacia atrás pero con el orgullo de reconocer cada paso del camino.



