Alguna vez, Roberto Pettinato se refirió al tipo de música que el dúo Hall & Oates ejecuta mejor que muchos (pop/rock de raíces negras producido como si el concepto de sonido FM fuera un software propio) diciendo que «cuando suena te hace sentir que la cotización de tu auto o departamento se eleva».
El dúo de Filadelfia, que no inventó el sonido de la ciudad de Rocky Balboa (ellos fueron Kenneth Gamble y Leon Huff), arrancó su carrera a principios de los ’70 (su primer álbum, Whole Oats, data de 1972) y desde entonces se volvieron inconfundibles. Basta oír algunos intentos de músicos blancos por sonar negros, como Bowie en Young Americans o los Stones en Miss You, para entender que hasta las más grandes leyendas en su momento patinaron al intentar conseguir lo que a ellos les sale como si abrieran una canilla.
Daryl Hall, un fabricante de hits. Foto: Andres D’Elia.
Sobre el escenario, el dúo arma una postal digna de la película Twins, aquella de Schwarzenegger y DeVito. Daryl Hall es alto, espigado y rubio, donde John Oates es petiso, crespo y mulato. Su sociedad parece amable y correcta. Y el formato que presentan en vivo hace pensar que ellos inventaron el prototipo de banda de Late Show. Avanzado el show en cinco o seis temas a uno le empieza a extrañar que no ingrese un Letterman o Jimmy Fallon para hacer una gracia sobre el peinado del tecladista. O así. Incluso, hasta el bajista afroamericano y el saxofonista hippie incurren en el armado modélico del combo.
John Oates, artesano del pop. Foto: Andrés D’Elia.
La suficiencia con la que la emprenden con hits de los ’70 y los ’80 es pasmosa, cuasi clínica. Son como ese piloto veterano y canoso que ingresa delante de todos los pasajeros por la manga del avión delatando en la mirada que está a punto de hacer un trámite, que nada puede salir mal. Tan sobrados están que inician el show con Maneater, uno de sus mayores éxitos. Siguen con Family Man y, a continuación, con Out of Touch, una de los momentos en los que la historia del pop estuvo más cerca de condensar el momento en que dos amantes hacen contacto visual por primera vez.
El problema con el show del dúo, si es que se lo puede tildar de tal, es que no cuesta reconocer que su puesta en vivo podría ser innecesaria. El potencial se sostiene a partir de que sin duda hay fans que disfrutan de la experiencia y acaso hayan esperado toda una vida por verlos así, de cerca, por primera vez. O a causa de que la versión de I Can’t Go For That (No Can Do), por ejemplo, cobre un interesante tinte de acid jazz en su aggiornamiento. Aun así, su música parece haber sido concebida para momentos de intimidad, paseos nocturnos en autos con magníficos estéreos o, finalmente, para que las manchas de humedad, las paredes despintadas y los pisos crujientes de un hogar sean auxiliados por la burbuja inmobiliaria de este millonario dúo dinámico.
JB

