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Orquesta Sinfónica de Montreal: rigor y variedad – 11/08/2019

Orquesta Sinfónica de Montreal: rigor y variedad – 11/08/2019

(Montreal, Enviado Especial). Aunque el viejo festival de jazz no existe más, Montreal parece la capital mundial de los festivales. Ocho años atrás la Sinfónica de Montreal quiso tener también el suyo, y desde entonces todos los veranos lo celebra en tres o cuatro jornadas intensísimas, precedidas por un gran concierto gratuito al aire libre. El concierto inaugural se lleva a cabo en una explanada del Parque Olímpico, el gran estadio inaugurado en 1976, con su célebre torre a 45 grados. De lejos es una monumental torre inclinada, de cerca parece la proa de un barco, por algunos elementos de la parte superior que le dan un aspecto de baranda; la proa de un barco amarrado, por efecto de las tensos cables de acero que conectan la punta de la torre con una de las superficies cubiertas del estadio (acaso la imagen replique metafóricamente la situación de Montreal, una gran isla rodeada por el agua). El conjunto tiene su gracia.

La apertura del miércoles 7 de agosto (a las 20) fue con el Requiem de Giuseppe Verdi. El director Kent Nagano, que en esta temporada (2019-2020) termina su relación de catorce años con la Orquesta, impone su sello. Nada de conciertos ligeros, ni oberturas como la 1812 de Chaikovski; un gran concierto gratuito es justamente la posibilidad de ofrecer al público una de las grandes obras del repertorio sinfónico-coral, en este caso una milagrosa fusión de música litúrgica y ópera que acaso encuentre su punto más extraordinario en la súplica de la soprano en el Liberame.

El concierto inaugural reunió a 25 mil personas en el Parque Olímpico de la ciudad, epicentro de los Juegos Olímpicos de 1976. (Antoine Saito).

El concierto inaugural reunió a 25 mil personas en el Parque Olímpico de la ciudad, epicentro de los Juegos Olímpicos de 1976. (Antoine Saito).

En el Estadio la Orquesta está resguardada, no así el público. A pesar de que se anunciaba lluvia (de hecho lloviznó casi todo el día excepto afortunadamente durante el transcurso del concierto), fueron más de 25.000 personas a oír a Verdi. Obviamente el concierto fue (bien) amplificado, y además del coro central ubicado detrás de la orquesta se dispusieron otros dos, uno a cada lado del escenario con su respectivo director, creando un poderoso efecto envolvente. A pesar de la amplificación y los volúmenes corales, nada fue de trazo grueso. En el nieto de japoneses Kent Nagano es impensable el trazo grueso (ya por su solo aspecto, delgado como un junco), y los solistas cumplieron admirablemente; especialmente el impecable tenor de Corea del Sur Seungju Mario Bahg, pero también brillaron la voluptuosa mezzo Raehann Bryce-Davis y el sobrio bajo-barítono Ryan Peedo Green, ambos estadounidenses, y a pesar de algunas notas un poco destempladas la soprano canadiense Leslie Ann Bradley dio lo mejor de sí precisamente en el Liberame.

El director Kent Nagano se está despidiendo de la Orqueta tras una gestión de 14 años. (Antoine Saito).

El director Kent Nagano se está despidiendo de la Orqueta tras una gestión de 14 años. (Antoine Saito).

No todos los programas son tan “serios”. El viernes 9 abrieron los conciertos bajo techo, que se llevan a cabo dentro del mismo complejo Place des Arts, donde tiene su sede la Sinfónica de Montreal con su gran auditorio y todas sus oficinas, la Opera (que no cuenta con orquesta propia) y varias salas de cámara, además de una serie de lugares al paso en los que se desarrollan distintas actividades musicales o didácticas gratuitas.

El principal objetivo del Festival es la iniciación, la conquista de un público para la música clásica. Son conciertos breves, sin intervalo, de no más de una hora, que se llevan a cabo simultáneamente en distintas partes del complejo, a precios muy accesibles. El primero, a las 18:30, estuvo a cargo de Nagano, que junto al barítono canadiense Marc Hervieux y las cuerdas de la Sinfónica de Montreal condujo magistralmente Les illuminations de Benjamin Britten, el ciclo entre exaltado y elegíaco que el compositor inglés escribió en 1940 sobre poemas de Rimbaud. Esa primera parte fue contrapesada por una segunda más liviana, comprendida por una selección de las de números de las Suites 1 y 2 de Peer Gynt de Edvard Grieg.

Mientras tanto, en otras salas el conjunto el grupo Makusham daba un concierto de música autóctona (indígena) con la cantante Florent Vollant más algunos solistas de la Orquesta; un trío de violín, piano y violonchelo tocaba el Archiduche de Beethoven; y el trombonista Ian Bousfield daba un programa de cámara con Pamela Reimer en piano.

Nagano volvió a presentarse con la Orquesta una hora después de haber finalizado su primer programa, esta vez en compañía del gran violinista ruso Vadim Repin, que ofreció una extraordinaria interpretación del Concierto para violín de Max Bruch (nunca se me había representado con tanta claridad el aire mahleriano del bellísimo movimiento lento). A la manera del primer programa, la intensidad de Bruch fue contrapesada con los “pecados de vejez” de Gioachino Rossini: unos extractos de La boutique fantasque, en la transcripción orquestal realizada por Ottorino Respighi. Solo que aquí la obra principal no fue al comienzo sino al cierre. Con buen criterio; después de Bruch esos fragmentos más bien jocosos habrían resultado un anticlímax muy extremo, y todo aquí parece estar muy bien planeado. 

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