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Festival “La virée classique”, en Montreal: un giro clásico, con sorpresas y exigencias – 14/08/2019

Festival “La virée classique”, en Montreal: un giro clásico, con sorpresas y exigencias – 14/08/2019

El Festival de la Sinfónica de Montreal tiene, con sus conciertos de 40 o 50 minutos y sus precios accesibles, un evidente sentido de iniciación y de conquista de nuevos públicos, algo que la música de concierto y la ópera necesitan hoy como el oxígeno. Su nombre, La virée classique, apunta a un giro de ida y vuelta: el de la música clásica hacia el público en general, y el del público hacia un género musical que para muchos puede resultar un descubrimiento.

La eficacia de la convocatoria es evidente. En la distinguida y europea Montreal también hay gente que aplaude entre movimiento y movimiento, y el maestro Kent Nagano -a juzgar por el modo en que se da media vuelta y sonríe agradecido- parece contento con eso.

El maestro Kent Nagano se mostró agradecido por los aplausos que el público ofreció entre movimiento y movimiento. (Foto: Gentileza Prensa/Marco Campanozzi)

El maestro Kent Nagano se mostró agradecido por los aplausos que el público ofreció entre movimiento y movimiento. (Foto: Gentileza Prensa/Marco Campanozzi)

Pero ese plan de conquista no omite sorpresas ni momentos exigentes. El sábado a las 13, Nagano dirigió con la Sinfónica una obra especialmente comisionada para este Festival a Matthew Ricketts, un compositor nacido en 1986 en Montreal, formado en la Facultad de Música de la Universidad de McGuill y actualmente radicado en Nueva York.

Es un concierto para dos trombones y orquesta, que interpretaron admirablemente los solistas Ian Bousfield y James Box. Se titula simplemente Halo. Los solistas no se ubican al frente, como es habitual en los conciertos, sino uno a cada lado de la fila de maderas, detrás de las cuerdas. Tiene lógica, ya que en Halo no se da la situación o relación tradicional entre solista y orquesta. No es que uno toma los motivos del otro y se establece algún tipo de conversación, sino que los solistas “arrastran” con suavidad a la orquesta, que suena como una reverberación de los trombones. Es como si los trombones produjesen una excitación en la superficie o en la textura de la orquesta. No hay temas o motivos, simplemente “entonaciones” (como describía Th. W. Adorno el transcurso de la segunda las Tres piezas para orquesta de cámara de Schoenberg). Son bellísimos los paisajes que la música recorre de ese modo. Sobre el último tercio de la pieza tiene lugar una cadencia, una conversación entre los solistas no exenta de humor y melancólica ironía. Luego las entonaciones vuelven a su curso a la manera de una coda.

 

El programa se completó con otra pieza para dos trombones y orquesta, un divertido pastiche de swing sinfónico en homenaje a Tommy Dorsey y Glenn Miller escrito por David Martin, que los mismos solistas Bousfield y Box interpretaron en carácter de estreno mundial, más una asombrosa y brillante ejecución de la Sinfonía Clásica de Prokofiev.

La Orquesta Sinfónica de Montreal brindó una asombrosa ejecución de la Sinfonía Clásica de Prokofiev. (Foto: Gentileza Prensa/Jean Buithieu)

La Orquesta Sinfónica de Montreal brindó una asombrosa ejecución de la Sinfonía Clásica de Prokofiev. (Foto: Gentileza Prensa/Jean Buithieu)

A las 5 de la tarde, en la Sala Piano Mobile, fue el turno del Cuarteto Borromeo, con el Cuarteto N° 3 de Béla Bartók y el N° 2 en do mayor de Joseph Haydn. El Borromeo es el cuarteto en residencia del Conservatorio de New England, Estados Unidos. Lo integran Nicholas Kitchen, Kristopher Tong violines), Mai Motobuchi (viola) y Yeesun Kim (violonchelo). Lo primero que llama la atención es que los atriles ya no sostienen partituras de papel, sino pantallas de computadora; las partituras están contenidas en esas pantallas y los músicos pasan las páginas por medio del dispositivo que cada uno tiene al lado de sus pies. Es de suponer que eso significa un progreso para los intérpretes, aunque al mismo tiempo es inevitable pensar que un papel que desaparece no vuelve más (¿cuándo llegará el fatídico día en que se acaben las partituras de papel?). De todas formas, más que las pantallas sorprende el nivel de la ejecución, de una entrega y un refinamiento absolutos. Es sin duda uno de los grandes descubrimientos de este Festival.

A las 19:15 la Sinfónica de Montreal se presentó con el Concierto para Orquesta de Bartók y La Valse de Ravel, en ese orden. El Concierto de Bartók es una obra en cinco movimientos; el autor lo describió como una transición gradual de la austeridad del primer movimiento y el lúgubre canto de muerte del tercero hasta la afirmación vital del último. En la escala mental del gran músico húngaro puede tratarse de una transición, pero en los hechos musicales es una forma muy cambiante y contrastante, incluso dentro de cada movimiento. Evidentemente, Nagano tiene la transición perfectamente clara en su cabeza, por el modo en que destaca y al mismo tiempo liga los detalles, como un miniaturista con un largo sentido de la forma.

 

Es notable entre otras cosas cómo Nagano llega a los finales (de los movimientos, de las obras) con la mayor naturalidad, sin abusar jamás del rubato, expresivo y ascético a la vez. Y también es notable como conectó en este programa el final de una obra con el comienzo de la otra. Terminó Bartok, se dio vuelta para agradecer los aplausos y, sin bajarse del podio, atacó de inmediato la pieza de Ravel, como si quisiese poner en funcionamiento la fuerza centrípeta de ese gran vals antes de que se desvaneciese el sentimiento de esa otra música más bien centrífuga de Bartók (vale la pena apuntar que el Concierto para Orquesta de Bartók es una de las obras que Nagano y la Sinfónica de Montreal traerán al Colón en sus conciertos del 7 y 8 de agosto para la temporada del Mozarteum).

Nagano y la Sinfónica de Montreal llegarán al teatro Colón en noviembre, en el marco de la temporada del Mozarteum. (Foto: Gentileza Prensa/Antoine Saito)

Nagano y la Sinfónica de Montreal llegarán al teatro Colón en noviembre, en el marco de la temporada del Mozarteum. (Foto: Gentileza Prensa/Antoine Saito)

A las 21 tuvo lugar el último programa de la noche, con el Concierto para piano en do menor N° 3 de Beethoven por el solista Herbert Schuch (Rumania, 1979) y Kent Nagano al frente de la Sinfónica de Montreal. Schuch tiene múltiples recursos técnicos además de un gran sonido, aunque es demasiado ampuloso; el movimiento lento lo tocó como si nos estuviese diciendo todo el tiempo “oigan qué sublime”, pero lo que se oyó, más que sublime, fue sumamente enfático, gestual y subrayado. Ni siquiera el dicharachero rondó final Schuch se permitió un toque más natural. Por su lado, la Orquesta se sumó sobriamente aportando un sólido marco general, más allá de que estilísticamente el director Nagano se encuentra en las antípodas del pianista Schuch.

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